El niño que reinventó el libro.

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«Tres, dos, uno. ¡Venimos!» El silencio se apoderaba del plató y comenzaba «El diario TV», conducido por un ícono del periodismo: Carlos Mut. Se trataba de un programa informativo, una especie de periódico televisivo que iba de lunes a viernes, en directo, a partir de las tres de la tarde por Canal 5 de Rosario, Santa Fe, Argentina.

El programa estaba dividido en columnas, como los de un tabloide y yo era el encargado del espacio destinado a la ecología, la jardinería y las noticias referidas a la naturaleza.

Eran mediados de la década de los 90, internet estaba en pañales y la televisión, los periódicos y la radio eran los medios que la gente utilizaba para informarse.

Como cada día, en el estudio se congregaba una verdadera multitud: políticos, economistas, deportistas, artistas… Todos invitados a las distintas secciones que se desarrollaban durante dos horas. Era una verdadera maratón informativa y de opinión.

Aquel día, una de las invitadas resultó ser una persona muy especial para mí. La había conocido unos treinta años atrás cuando yo contaba cinco o seis. Había sido maestra del Jardín de Infantes Nº 27 Merceditas de San Martín al que asistí de niño. Se trataba de Teresita Alvado de Lardizábal, además de docente, una reconocida escritora de canciones, cuentos, poemas y refranes destinados a los niños.

Y en aquel programa, Teresita contó un cuento. Lo he buscado ahora al momento de escribir este artículo, pero no he podido encontrarlo. Por ello me permito versionarlo haciendo uso exclusivo de mi memoria, después de más de veinte años.

«Había una vez un niño del futuro que se había criado entre consolas, ordenadores y realidades virtuales. No tenía más que apretar un botón para acceder a todos los entretenimientos que quisiera. Sin embargo, muy a menudo se sentía solo y aburrido. Sus padres trabajaban todo el día fuera de casa y él debía buscarse la vida luego de llegar de la escuela y hacer los deberes que, como todo lo demás ya era online. Un día en que no le apetecía ver series, dibujos animados o jugar, decidió escribir su propia historia. Utilizó para ello personajes que ya conocía y otros que se inventó. La tarea le resultó tan entretenida que asustó a sus padres cuando llegaron a casa. ¡No se escuchaba ni un ruido!

El juego se repitió durante varios días. Sus personajes de la televisión, de los videojuegos y de las series comenzaron a acabarse. Crear nuevas situaciones se volvió agotador y además tenía el problema de que, una vez finalizadas las historias, ya se las sabía y no podía volver a jugar con ellas. Aún así, el nuevo entretenimiento era mucho más excitante que volver a los juegos que ya conocía.

Una noche mientras cenaba con sus padres se le ocurrió la brillante idea de pedirles que escribieran para él. Los progenitores lo miraron aterrados. ¿Estaría enfermo? Le midieron la fiebre y lo llevaron al médico, pero todo parecía normal.

—El niño se aburre —dictaminó el pediatra.

Entonces decidieron contarle historias cuando llegaran del trabajo, pero el niño se dormía a la mitad.

—Quiero que me las escribáis, así puedo leerlas cuando me apetezca y no esté cansado. Si no puedo acabarlas un día, continuaré al día siguiente.

Los padres que, como todos, deseaban ver a su hijo feliz, emplearon sus momentos de descanso en el trabajo para escribir relatos. Utilizaron recuerdos de su niñez, hechos que habían visto u oído, inventaron animales fantásticos y recrearon personajes de series y películas que ya no existían. Cada día imprimían lo que habían redactado y lo llevaban a casa dentro de una carpeta.

—Necesito cartón y cola de pegar —pidió el niño al cabo de unos días. Aquello era inverosímil, pero los padres recorrieron media ciudad para encontrar dos productos que ya estaban casi en desuso. Habían preguntado a su hijo sobre la utilidad que pensaba darles, pero el niño no quiso explicarla.

—Es una sorpresa —dijo entusiasmado. Y cuando tuvo lo que quería se encerró en su cuarto.

Los progenitores siguieron trayendo a diario los folios impresos con historias. Cuando no supieron qué contar pidieron a sus compañeros que les ayudasen con sus propias experiencias y recuerdos.

Una semana después, cuando llegaron a casa, se encontraron sobre la mesa del recibidor una pila de papeles encuadernados dentro de trozos de cartón. Cada folio había sido pegado cuidadosamente y en el frente de cada tapa había escrito un título. El niño estaba sentado en el sofá con cara de satisfacción y una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Qué bonito! —exclamó la madre sin entender.

—¡Muy buen trabajo! —halagó el padre— ¿puedes explicarnos de qué se trata?

—¡He inventado el mejor juego de todos los tiempos! —exclamó el niño alborozado.

—¿Y cómo se juega? —preguntó la madre.

—Mira, tú los guardas donde tú quieras, no necesitan cargarse. Los puedes llevar donde vayas, aunque no haya WIFI. Los abres y comienzas a leer. Entonces aparece como una peli que no necesita pantalla, se proyecta en tu cabeza. ¡Y puedes jugar las veces que quieras porque siempre hay algo nuevo!

El niño del futuro había reinventado el libro.»

Con seguridad la historia que contó Teresita Alvado de Lardizábal en aquel programa de televisión no era exactamente así. Pido perdón por ello, la memoria es frágil. Aun así, creo que el concepto está logrado. Lo curioso es que no he podido olvidarlo en todo este tiempo.

Ahora comienza a hacerse público que personalidades como Steve Jobs, Elon Musk, Jeff Bezos y Bill Gates han sido o son grandes lectores y los libros les han ayudado en sus carreras abriendo sus mentes e incrementando su imaginación. También Nathan Fillion (Richard Castle), Johnny Depp, Keith Richards o Woody Allen desvelan su pasión por la lectura y la recomiendan, por lo que ya podéis quitarle la etiqueta de entretenimiento para personas aburridas, solitarias o sin vida social.

Si quieres tener una oportunidad en la sociedad que se avecina o que tus hijos la tengan, más te vale que comiences a leer ya y estimules a tus vástagos para que también lo hagan.

Leer se está transformando en un símbolo de status social y necesidad intelectual.

¡Lo celebro!

Ya no necesitaremos al niño del futuro que reinvente el libro…

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