Cuando la vida es una novela…

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Desconozco cómo funcionan otros escritores. En mi caso, siempre estoy trabajando en varios proyectos a la vez. Cuando comienzo una novela no siempre la acabo del tirón. A veces queda estancada y comienzo otra o continúo una que hacía tiempo esperaba en la carpeta de archivos. Es el caso de «Mi abuelo fascista». Bueno, al menos es el título provisional que le puse al comenzarla. La idea era rescatar la historia de mis abuelos. Por parte de madre, originarios de Galicia y por parte de padre, provenientes de Italia. En ambos casos sus vidas en sí fueron una novela. A los gallegos no los conocí ya que murieron jóvenes, mucho antes de nacer yo. Su historia me llegó por tradición oral de boca de mi madre y fue complementada por las versiones de mis tíos. No siempre los hechos coincidían o las explicaciones correspondían a la época en que se produjeron los acontecimientos. Ello me llevó a una exhaustiva investigación histórica y a rellenar los huecos, en algunos casos con mi imaginación. Pero la base de la historia es real, tanto que a veces parece ficción.

Hoy quiero desvelaros un trozo del primer capítulo de «Mi abuelo fascista».

¿Qué cuándo será publicada?

No lo sé. Supongo que el día en que sienta que no puedo mejorarla más… ¡Qué disfrutéis!

«Mi abuelo fascista»
Capítulo I

A nai[1] se había quedado en la puerta de la casa con los ojos entrecerrados. En parte forzaba la visión para no perder de vista la borrosa figura que se alejaba entre la niebla y en mayor medida evitaba que su corazón y sus ojos se fueran tras él. Esperó en vano un gesto con la mano y las suyas retorcieron hasta casi romper el delantal blanco sobre la falda negra. Su único hijo, su fillo, se había ido sin despedirse, sin siquiera mirarla a los ojos. Era altanero y obcecado el Emilio. Tampoco le faltaba razón para estar enfadado con su padre por haber millorado[2] a su hermana y no a él, siendo el único varón. Y no podía culpar al petrucio[3] por la decisión, a Emilio no le gustaba el campo, detestaba el trabajo rural y no era dócil para acatar órdenes. Difícilmente se hubiese mantenido al frente de la casa con las obligaciones, dedicación y disciplina que ello implicaba…

Pero ella era su madre.

Emilio, por su parte apuró el paso hacia la estación de ferrocarril de Monforte de Lemos. Al fin se había liberado de aquella vida campesina y estaba preparado para «hacer las Américas». Era una especie de fiebre que lo consumía y cuyo fuego alimentaba con las noticias que llegaban del nuevo mundo. Y él quería semejarse a uno de esos señores que aparecían retratados en La voz de Galicia vistiendo ropas elegantes. Se decía que eran dueños de extensas plantaciones y disfrutaban de una vida de ensueño. A él no le importaba en absoluto sacrificarse durante un tiempo. De todos modos, en casa de su padre se hubiese condenado a trabajos forzados toda la vida sin conseguir más que callos en las manos, un plato de comida, un techo bajo el que dormir y alguna ropa siempre vulgar y de mala calidad. Sin pensarlo, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y tanteó el trozo de periódico que llevaba doblado en varios pliegues.

«Chega con vinte centavos nos seus petos e produce oitenta mil toneladas de millo»[4], pensó recordando el artículo sobre Juan Fuentes Echavarría oriundo de Caldas del Rey en Pontevedra. A este hombre se lo consideraba «el rey del maíz» y de él se decía que había emigrado de su pueblo con veinte céntimos, había llegado a Argentina y después de trabajar en una curtiembre y en una fonda, había ahorrado lo suficiente para iniciar una empresa de diligencias y con las ganancias, comprar hectáreas y hectáreas de tierra en las que sembraba maíz…

Y él, Emilio Rodríguez Rodríguez era con toda seguridad tanto o más inteligente que ese Juan Fuentes.

El mundo giraba cada vez más rápido, pero su padre no podía darse cuenta. Se decía que en las grandes capitales ya circulaban coches que no eran tirados por bueyes o caballos. Y él quería verlo.

«¡Coño! Que xa estamos no limiar do século vinte»[5], se dijo en voz baja mientras cambiaba de mano la maleta de cartón en la que guardaba todo su pasado.


[1] A nai: gallego: «la madre»

[2] Millorado: costumbre de las familias tradicionales gallegas de nombrar sucesor a uno de los hijos. Según la época y la situación económica, los no millorados debían abandonar la casa familiar para buscarse un futuro fuera de la familia.

[3] Petrucio: en la Galicia tradicional era el cabeza de familia, administrador y dueño de casa.

[4] Chega con vinte centavos nos seus petos e produce oitenta mil toneladas de millo: gallego: llega con veinte centavos en los bolsillos y produce ochenta mil toneladas de maíz.

[5] ¡Coño! Que xa estamos no limiar do século vinte: gallego: ¡Coño! Que ya estamos en el umbral del siglo XX.

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