Una charla de café…

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Hace unos días, durante una charla de café con unos amigos, lectores unos y escritores otros, salió el tema de «La Rosa y el Picaport.» Me preguntaron de qué iba la historia, en qué me había basado para contarla y cómo había pergeñado los personajes. Cuando nombré el pueblo de Xerta, Cherta en español, todos se quedaron intrigados menos una persona.

—Es el pueblo donde nació Carme Forcadell —dijo a modo de explicación. Y todos asintieron. Es que Carme Forcadell fue presidenta del Parlamento catalán entre 2015 y 2018. Ha sido juzgada y condenada por sedición en el juicio que se realizó contra el Proceso independentista catalán.

—¿Dónde está eso? —preguntó otro. Y creo que interpretó el pensamiento del resto porque en realidad nadie sabía nada de ese pueblo. Es lógico en parte ya que Xerta tiene algo más de mil habitantes y está situada en una de las márgenes del Ebro, en la otra orilla de Tortosa que es la capital de la comarca y casi enfrente de ella.

—¿Por qué has elegido ese pueblo y no otro?

—¿Por qué no situar la acción en Barcelona, Valencia o Madrid que son ciudades con más gancho para una novela? —preguntaron extrañados.

Yo supongo que la misma pregunta se harán quienes lean «La Rosa y el Picaport» porque buena parte de la historia se desarrolla allí, en ese pequeño pueblo.

Comencemos por mencionar que la protagonista real, la que me contó su vida era de Xerta. Allí todavía vive su familia a quien estimo mucho. Pero eso no es fundamental puesto que su deseo era que no se la nombrara en la novela. Sin embargo, al investigar los hechos reales debí meterme de lleno en la trayectoria del pueblo. Y ¡oh sorpresa! Las piezas fueron encajando en mi cabeza como en un puzle.

Mi idea primaria era crear dos personajes: el de quien me había narrado los hechos y otro que necesariamente debería haber estado dentro del campo de exterminio de Mauthausen y sobrevivido a los nazis. ¿Dónde podría haber ido ese personaje al ser liberado? La respuesta me la dio la misma gente de Cherta y… un cartel que hay en una de las entradas del pueblo: 

«Agermanat amb Coronel Charlone», dice.

Coronel Charlone es una población ubicada al noroeste de la provincia de Buenos Aires, en Argentina. Un hecho bastante curioso si se tiene en cuenta que ninguna de las dos localidades es de primera magnitud. ¿Cómo se hermanaron? ¿Debido a qué?

Y allí aparece la historia de los Martí i Tomás, una familia de Cherta cuyos hijos fueron a buscar fortuna a Argentina a mediados del siglo XIX. Y resultó que Coronel Charlone no fue siempre Coronel Charlone sino que tomó el nombre de su estación de ferrocarril. El nombre del pueblo era: «Colonia Martí.» Su origen incierto se data en 1905 y era propiedad de Fernando Martí. La razón de que fuese propietario de todo un pueblo era que en apariencia el gobierno argentino había pagado sus servicios de calzar al ejército con las tierras arrebatadas a los indios durante la Campaña del Desierto.

Ya de por sí, esta investigación tiene suficiente contenido como para convertirse en novela. Pero hay más. Dos de los hermanos Martí volvieron a su pueblo natal. Uno compró una mansión que había sido propiedad del Obispo de Barcelona Joan Sentís i Sunyer, la actual Casa Ceremines. El el otro se hizo construir una mansión de estilo modernista a la que se apodó «La Torre del millonario.» La trama estaba servida. 

El coprotagonista de la novela habría ingresado a Mauthausen con apenas catorce años —los niños de esa edad fueron casi los únicos que sobrevivieron al exterminio —y al ser liberado había decidido emigrar a la pampa argentina para emular los logros de los Martí i Tomás. Era algo así como una deuda que había contraído con su padre a quien no pudo salvar de la barbarie de los nazis. La torre del Millonario fue por muchos años un símbolo de abundancia para los habitantes de Cherta. No sería de extrañar que alguien confinado en un sitio del que seguramente no saldría, soñase con irse a tierras lejanas y promisorias. El referente lo tenía en el mismo pueblo del que venía.

El regreso de Philippe a Cherta tiene mucho que ver con esa mansión indiana. Está íntimamente ligada a los recuerdos de su niñez en un pueblo que ya no existe tal y como él lo vivió.

La charla con los amigos ya llevaba un par de horas. Del café pasamos a una cerveza y noté que todos se acomodaban para escuchar más. 

—Yo lo siento mucho, pero debo irme —dije con un poco de timidez. No me gusta decepcionar a una audiencia tan entregada. También sé que si me «enrollo» podemos llegar hasta la cena. El problema era que debía volver a Tarragona.

—Pero… ¿por qué Philippe de le Picaport? —me preguntó uno de los contertulios en su afán por retenerme.

—En realidad tenía tres apellidos porque nació tres veces en la misma vida… —contesté levantándome de la silla.

—Pero eso es tema para otra charla de café.

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