Distrés y pandemia

Si usted cree que la pandemia lo ha «distresado», es decir lo ha sobre exigido, es falso.

Escribí «Hacer frente al estrés. Manual de usuario para humanos» en 2017. Era parte de un proyecto personal destinado a volcar muchos años de experiencia y muchas circunstancias vividas. La idea era vaciar mi mente para que no influyera tanto en mis novelas el cúmulo de situaciones a las que debí enfrentarme. De los tres libros que escribí entonces, solo se publicó «La Felicidad. Manual de usuario para humanos», todavía disponible. El referente al estrés se publicará en breve, habida cuenta de la situación que estamos atravesando.

¿Por qué hago esta aclaración?

Porque aparecen por doquier artículos que intentan capitalizar lugares comunes como consejos para hacer frente al estrés producto de los cambios generados por el SARS CoV-2.

Como apretada síntesis introductoria de este artículo, debo decir que:

Estrés es un término genérico para identificar un fenómeno moderno. El significado es «tensión» y solo se empleaba en Física hasta 1936.

Hay dos tipos de estrés: eustrés que nos estira hacia adelante y distrés que nos destruye.

Lo relativo al eustrés podrá leerse en el libro. Con respecto al distrés, es muy peligroso y lo venimos padeciendo mucho antes de la actual pandemia. Es producto de la sociedad que «hemos creado» o «nos han creado.»

Si usted cree que la pandemia lo ha «distresado», es decir lo ha sobre exigido, es falso. Usted ya estaba haciendo un sobre esfuerzo antes del Covid. Si usted piensa que las medidas de aislamiento y profilácitas son un atentado a su «libertad» también es falso. Usted no ejercía su libertad sino un escapismo al distrés que venía padeciendo para alcanzar la «zanahoria» que le había prometido el sistema.

 Para aclarar un poco el panorama voy a transcribir un capítulo del libro.

¿Es la sociedad culpable de mi estrés?

Recuerde lo que dije en la introducción de este libro:

«Vivimos torpedeados por exigencias sociales, familiares y económicas. Vivimos condicionados, encorsetados y acribillados por ráfagas constantes de información. Parecemos monos saltando sobre una plancha caliente. Competimos a diario con millones de globalizados, por un lugar en el planeta.»

Ésta es la sensación que da la sociedad actual. Una especie de enorme máquina centrífuga que te atrae hacia su centro y si no eres lo suficientemente rápido para aguantar el ritmo vertiginoso, te escupe a la periferia.

Ya sé que suena un poco apocalíptico, pero las cifras lo confirman.

La Asociación Americana de Psicología (APA), realizó un trabajo en 2013 para determinar el grado de estrés que sufrían las distintas generaciones.

La generación denominada Millenials [1], alcanzaba un nivel de 5,4 sobre una escala de 10. Los científicos consideran que el límite entre el eustrés y el distrés está en 3,6. A nivel subjetivo, el 40% de los miembros de esta generación aseguraban sentirse más estresados que nunca. Se trata del grupo poblacional que padece más estrés.

El resto de generaciones llegaban, en 2013, a un 4,9 sobre 10 y los científicos consideraban este dato como positivo por haber disminuido tres décimas respecto al año anterior.

Como consecuencia del distrés, los Millenials también sufrían más depresión, en concreto el 19% de ellos la padecían frente a un 14% de la generación X (34 a 47 años de edad) y a un 12% de los «Baby Boomers» (entre 44 y 66 años).

En cuanto a la ansiedad, los Millenials duplicaban la tasa de la generación de sus padres.

Las causas de estos niveles de estrés en toda la población correspondían al trabajo en un 76%, al dinero en un 63% y a las relaciones personales en un 59%.

No tengo datos fehacientes posteriores, pero no creo que el estrés haya descendido de los niveles patológicos del 2013. Imaginemos hasta dónde ha subido durante la pandemia de Covid19.

Si tomamos en cuenta que el estudio está realizado sobre la población de la primera potencia económica mundial(Estados Unidos) y que los porcentajes de estrés están mayoritariamente atribuidos al trabajo y al dinero… No quiero ni pensar en los resultados de un estudio en los países llamados «emergentes,» los que están en guerra desde hace años o los que ostentan tasas de paro del 20% de la población activa y un 50% de habitantes en riesgo de exclusión.

¿Para qué pongo estos datos?

Para hacer ver que si el límite entre el estrés positivo y el distrés está en 3,6; toda la población padece distrés o estrés negativo con consecuencias más o menos graves sobre su salud y su calidad de vida.

Es decir, usted, yo, el vecino de enfrente y el jefe de la oficina.

En muchos casos el estrés es crónico y sus consecuencias difícilmente reversibles.

Pero, mal de muchos, consuelo de tontos…

«Yo quiero vivir con un estrés positivo que me estire hacia adelante y no con uno negativo que me empuje al abismo.»

¿Y usted?

Y como siempre digo, la mejor manera de manejar una situación es saber cómo funciona.

Los médicos, por ejemplo, aconsejan llevar una vida sana para paliar los efectos del estrés: hacer ejercicio, comer con moderación, evitar las drogas, el tabaco, el alcohol… Es decir, asumen que no tenemos remedio y procuran minimizar o ralentizar el avance de la enfermedad.

¿Por qué los consejos médicos son paliativos?

Porque:

Hacer ejercicio estimula la producción de endorfinas, como dijimos en el método de reseteo rápido y estas sustancias producen sensación de bienestar, pero no eliminan la causa del problema.

Comer con moderación evita el sobrepeso, el sedentarismo, la bulimia y la anorexia. Pero comer es un poderoso ansiolítico. ¿Por qué no eliminamos la ansiedad?

Evitar las drogas nos aleja de la adicción y de sus consecuencias, pero las endorfinas y la noradrenalina también pueden ser adictivas para calmar la ansiedad, la angustia y la depresión. No hace falta ver más que la cantidad de pelis de miedo y violencia que pasan por la tele, los parques de atracciones con juegos cada vez más extremos y los límites insospechados que han alcanzado los deportes de riesgo.

El tabaco y el alcohol son drogas sociales. El daño que puede producir un cigarro o una copa de vino, son nimios o no existen. El problema es la adicción producida por la angustia, la depresión, la soledad… Y todas ellas son consecuencias del distrés.

No quiero decir que si eliminásemos el distrés dejarían de haber adictos a la adrenalina, a la comida, al alcohol, a las drogas o al tabaco, pero créame, no habría tantos.

Al comienzo de este libro había una frase. ¿La recuerda? Es de Richard Carlson, un prestigioso psicólogo, fallecido muy joven, que fue especialista en estrés. Su libro más famoso es: «No se preocupe por cosas pequeñas… Y todas son cosas pequeñas».

La frase dice: «El estrés no es más que una enfermedad mental socialmente aceptada». Y como enfermedad, la única manera de curarla es eliminando las causas que la producen y conociendo cómo funciona. Lo primero es harto difícil, pero lo segundo sí que está a nuestro alcance.

Para intentar saber cómo funciona el distrés social, analicemos el estudio que vimos más arriba:

El 76% del distrés corresponde al trabajo y los que más lo padecen son los jóvenes entre 18 y 34 años.

¿Por qué?

Porque son los más inexpertos. El sistema laboral se ha radicalizado de tal manera que si no tienes experiencia no consigues trabajo por más capacidad y formación que tengas. Y para conseguir esa experiencia tan valiosa debes soportar tratos abusivos, salarios ofensivos y horarios exhaustivos. Cuando llegas a los treinta y cuatro, te quedan once años de vida útil para conseguir el trabajo de tus sueños, porque a los cuarenta y cinco ya eres viejo para comenzar una nueva andadura.

Es increíble que en una época en que la expectativa de vida es la más alta de la historia de la humanidad, una persona en la casi mitad de su existencia no pueda conseguir un trabajo digno.

¿Por qué? Porque el sistema sabe que, si tienes más de 45, ya no te tragas el anzuelo.

Por supuesto que hay honrosas excepciones, pero la gran mayoría corresponden a profesiones liberales que no necesitan de una empresa para desarrollarse.

Yo hace unos años hice un experimento. Una empresa francesa necesitaba un especialista en productos químicos para el agro. Me apunté a la oferta y falseé mi edad. Dije que tenía diez años menos de los que en realidad tenía. Por suerte siempre aparenté menos… Me hicieron todos los test y exámenes y los pasé sin problemas. Hice entrevistas en francés, en inglés y en castellano. La empresa estaba encantada en contratarme. Por supuesto que no acepté, era solo un experimento. De todas las solicitudes que envié poniendo mi edad real, jamás nadie me llamó…

Este fenómeno no es nuevo, comenzó al acabar la Primera Guerra Mundial y se perfeccionó después de la Segunda. Los grandes capitales tenían recursos para poner muchas zanahorias delante del burro.

¿Cómo?

Sí, señor usuario. No sé de quién es la fábula, pero si no la conoce intentaré contársela.

Todo el mundo sabe que, para que un burro tire del carro hay que ponerle una zanahoria adelante.

El burro cree que algún día alcanzará la zanahoria.

El amo le repite que seguramente mañana tendrá más fuerza. ¡Es que hoy casi la atrapa! La zanahoria que oscilaba pendiendo del palo, sobre su cabeza, tocó su hocico. Esa noche, el asno sueña con la zanahoria y corre por un prado verde hacia una montaña de zanahorias dulces y jugosas.

Al día siguiente, el amo tiene todo preparado para que siga la esperanza: ata el borrico al carro, cuelga la zanahoria del palo y se acomoda canturreando. Ya puede pensar en lo que ganará vendiendo los huevos en el mercado de Vera, que mientras tanto el carro va para adelante.

El burro solo tiene rebuznos para su zanahoria y hoy seguro que la alcanza. A él le han contado de muchos burros que han alcanzado la zanahoria. Es el tema de conversación con otros jumentos cuando el amo lo deja pastando a las afueras de Vera, mientras él vende los huevos.

Ese sábado ha sido excepcional y al hombre le da pena su burro, entonces cuando llegan a la casa, le da la zanahoria.
«Se conforma con poco», piensa el hombre. «Basta una zanahoria para hacerlo feliz»

—Pensar que te he tenido cuatro meses prometiéndote la zanahoria —le dice al burro, suponiendo que la bestia no entiende.
—¡Qué eres un tonto, hijo mío! —le sigue diciendo al pobre animal y… durante otros cuatro meses vuelve a ponerle la zanahoria delante.

¿Quiere que enumeremos las zanahorias?

Coche.

Casa

Dinero.

Vacaciones.

Home Cinema.

Ipad.

Tablet.

Prestigio.

Poder.

Crucero.

Velero.

Educación de los hijos.

Muebles nuevos.

Juventud eterna.

Vejez tranquila.

Salud.

Hay muchísimas más, para todos los gustos de todos los burros.

¿Me está llamando burro?

Depende.

Si usted tira del carro para intentar coger la zanahoria, sí. Le estoy llamando burro y además un burro con un estrés que le sale por las orejas.

La idea es simple y efectiva.

Si usted se esfuerza lo suficiente, agacha la cabeza lo necesario, adula lo conveniente y acepta renunciar a cualquier derecho que le corresponda en beneficio de la empresa… ¡Usted conseguirá su zanahoria!

Pero… ¡apresúrese! El puesto solo está disponible para edades entre 30 y 40 años, con experiencia demostrable de al menos 5 años en puesto similar, conocimientos de inglés, francés, alemán, turco, chino y ruso, hablado y escrito. Se requiere buena presencia, don de gentes, disponibilidad para trasladarse al Polo Norte, carnet de conducir…

Supongo que será para trabajar de ayudante de Papá Noel.

¡Tómelo o déjelo! Detrás suyo hay una cola interminable de burros que quieren ocupar su lugar.

Pero además el sistema no funciona. Lo dicen los expertos, es una verdad a voces. El sistema económico actual no puede evitar una crisis detrás de la otra. Entonces se han inventado una zanahoria que no tiene desperdicio:

«Las crisis son una oportunidad para crecer»

¡Vaya chorrada!

Y entonces los burros duplican su sobresfuerzo —y su estrés—, para ver si entran en el privilegiado círculo de los genios que han conseguido crecer durante una crisis…

¡Usted debe reinventarse, digitalizarse!

Es decir que no solo quienes crearon el problema y se han beneficiado de él, no pueden solucionarlo, sino que le pasan la pelota a usted y a mí para que no se les acabe el chollo.

Vale, entonces… Para evitar el distrés, ¿no trabajo?

No, no.

Digo que el trabajo es un medio para llegar al objetivo. Al suyo, no al del sistema.

¿Cuál es su objetivo?

Porque si el objetivo es conseguir la zanahoria no tendrá más remedio que convertirse en burro.

Pero, es que yo estudié Administración de Empresas y el único trabajo que encontré es de camarera en un bar de tapas.

¡Perfecto!

Y me he pasado meses enviando currículums para nada.

¡Muy bien!

¿Muy bien qué? ¿De qué me sirve la experiencia en un bar de tapas?

Si lo piensa con detenimiento, de mucho. Usted tiene su primera gran empresa para administrar… Su vida. Y no encontrará otra más importante.

¡Sea su propia gerente!

Si del sueldo de camarera es capaz de sacar para gastos y además puede pagarse algún seminario, un curso de lo que le interese… Es usted muy buena administradora.

Si del poco tiempo que le queda, logra extraer algunas horas para investigar, buscar ideas nuevas, estudiar las tendencias de su profesión… ¡Usted ya es una genio!

Vale, pero sigo trabajando de camarera.

Sí, pero ha cambiado su punto de vista respecto a encontrar trabajo de lo que sabe hacer. Ahora está invirtiendo X horas de su día para financiar sus objetivos y, además comer, que será muy prosaico, pero también necesario.

Asimismo, tiene una oportunidad inmejorable de optimizar recursos. El trabajo de camarera es agotador porque ha de estar de pie todo el tiempo y caminando cada vez que la soliciten o tenga que llevar un pedido. Busque la manera de hacer menos viajes, cuando lleve un pedido asegúrese que las mesas que usted atiende no necesitan nada… ¡Gestión de recursos! Usted no puede quemar toda su energía por un magro sueldo. Luego del trabajo deben quedarle ganas y fuerzas para estudiar, ir a una conferencia… Y si lo piensa un poco, tiene otro beneficio: El trato con la gente suele ser muy poco gratificante y, menos aun cuando usted está al servicio de… Aproveche entonces la oportunidad para mejorar su programación neurolingüística, estudie las actitudes de sus clientes, desarrolle la empatía. En una empresa donde deba administrar los recursos y decir No a peticiones más que válidas… Todo eso le será de suma utilidad.

Lo que no le recomiendo en absoluto es que intente poner sus conocimientos al servicio del bar de tapas.

¿Por qué?

Porque su objetivo no es administrar bares de tapas. Y puede que su jefe sea tan solo otro burro que tira del carro para ver si puede conseguir su zanahoria de comprarse una casa en la playa…

Lo importante, además de todo lo anterior es que usted ha hecho que el estrés juegue a su favor. En lugar de angustiarse porque no encuentra un trabajo mejor, de distresarse porque pasa el tiempo y usted no ejerce de lo que ha estudiado. ¡Usted está practicando para convertirse en una muy buena gestora de empresas!

«Y no hay nada más apasionante que trabajar para ser la mejor versión de uno mismo.»

Y… quizás hasta sea interesante que usted lo inserte en su CV cuando lo envíe a alguna empresa. A veces, entre tanto postulante altamente cualificado, los seleccionadores buscan alguien distinto.

Voy a contarle una anécdota:

Hace muchos años yo trabajaba en una agencia de publicidad que resultó ser un fiasco. No solo el sueldo, también las condiciones laborales y las perspectivas de futuro. Yo necesitaba un empleo que me garantizara unos ingresos altos y cierta estabilidad laboral. Vamos, ¡el sueño de cualquier joven! El problema era que mi experiencia y estudios provenían del área industrial y en ese ramo había una crisis tremenda. Era la época en que China había irrumpido en el mercado mundial. El trabajo en publicidad lo había conseguido gracias a una experiencia anterior, ya que mi familia estaba relacionada con las artes gráficas. Un día mirando los avisos clasificados del periódico, leí que una empresa farmacéutica buscaba «visitadores médicos». Lo único que sabía de esa profesión era que tenían un buen sueldo, que iban con una maleta por los hospitales y vestían de traje. Respecto a lo que hacían no tenía ni idea, pero no debía ser muy difícil.

Para aclarar los términos, un visitador médico es lo que en algunos países llaman A.P.M. (Agente de Propaganda Médica), ITS o ITM (Informador Técnico Sanitario / del Medicamento) y también Propagandista Médico o Representante Médico. Es decir, un profesional formado en el área de la sanidad, con conocimientos de anatomía, fisiología, patología y otras tantas ías del campo de la medicina. En general son estudiantes avanzados de medicina, enfermeros diplomados y en muchos países, profesionales matriculados con estudios terciarios, específicos.

Yo, no tenía nada de eso, pero me inscribí en la oferta de trabajo y asistí a la primera entrevista.

Vale decir que en aquella oficina había una treintena de señores muy bien vestidos, cada uno con su attaché[2] impoluto y cara de que les sobraba experiencia para el puesto.

Estuve a punto de irme, pero la persona que salía y entraba llamando a los postulantes, tenía aspecto más «normal» y hasta parecía simpático. Entonces decidí esperar a ver qué pasaba. Cuando me tocó el turno comprendí que había estado en lo cierto. Era el jefe de la delegación y era un tío llano, chabacano y gracioso. Gracias a él me enteré que la carrera de «visitador médico» había sido suspendida hacía un par de años y eran las compañías farmacéuticas las encargadas de dar formación a los nuevos profesionales. Por tanto, mi falta de experiencia dejaba de jugar en mi contra.

A los quince días me citaron para una segunda entrevista. Ya éramos una docena y mi vestimenta no desentonaba tanto, a pesar de la falta de attaché. En esa oportunidad el entrevistador era el gerente de interior, es decir el segundo del gerente general de la compañía.

Yo no lo sabía.

El ambiente en la sala de espera era aterrador. Yo creo que, si hubiesen repartido cuchillos, allí se hubiese montado una carnicería. Tal era el espíritu de competitividad que se respiraba.

Cuando me tocó entrar a la entrevista, yo ya estaba cansado y diría que hasta un poco harto de tanto postureo y afectación. Me recibió un hombre joven, muy alto y con evidentes signos de autoridad. También se veía cansado.

Me hizo la primera pregunta de rigor sin ni siquiera mirarme.

—¿Por qué quiere usted ser visitador médico? No tiene ninguna experiencia, ni estudios que lo habiliten…

¿Qué iba a responderle? ¿Qué necesitaba el trabajo? ¿Qué iba a esforzarme más que nadie para paliar mis deficiencias?

Eso era ponerme de rodillas y siempre he tenido un problema de meniscos que me lo impide. Entonces dije lo primero que se vino a mi cabeza. Yo no sabía quién era él y de chulerías ya había padecido suficientes en la hora que llevaba esperando fuera.

—Perdone, ¿qué es usted de la compañía?

Creo que la pregunta lo despertó. Y hasta lo puso en guardia porque carraspeó dos o tres veces.

—¿Cómo que quién soy yo? —respondió con otra pregunta y creí que me echaba a la calle.

—Sí, usted me conoce a mí porque tiene mis antecedentes delante, pero yo no sé quién es usted —insistí aun pensando que empeoraba todavía más la situación.

—Yo soy gerente —respondió y creció tres palmos.

Y sin pensarlo dos veces, solté lo que había en mis entrañas.

—Pues algún día, yo también quiero ser gerente.

Algunos años después, el «negro Carmona», como lo apodábamos familiarmente, me confesó que lo que lo motivó a contratarme fue precisamente que me había salido del «molde.»

Debo decir que nada es gratuito en esta vida. Si te pagan un buen sueldo es porque va acorde a la exigencia o a la presión. De más está decir que fui visitador médico hasta que la profesión sirvió a mis objetivos. Luego la dejé porque no tiene sentido seguir aferrado al tronco que te ha servido de balsa cuando has llegado a la orilla. Debo decir sin ningún tipo de falsa modestia, que me ofrecieron mucho para que continuara…

Voy a contarle un cuento.

En un antiguo monasterio de las montañas de la India, un maestro acababa con la formación de su discípulo preferido. Había empleado muchos años en enseñarle y había llegado el momento de saber si estaba preparado para partir definitivamente.

—Iremos al río —le dijo y, sin más explicación se puso de camino.

Cuando llegaron, el maestro buscó un risco elevado desde donde pudiese verse el cauce de agua. Era finales de junio y el monzón había dejado lluvias torrenciales. El río era un torrente caudaloso, turbio y revuelto.

Otros maestros habían llevado allí a sus discípulos. Algunos nadaban contracorriente intentando demostrar su fuerza y valentía. Pero duraban poco. A la fuerza del caudal le daban igual los actos de heroísmo, solo quería bajar montaña abajo.

Otros pupilos intentaban descender la corriente aprovechando la fuerza del agua y demostrar así su astucia y habilidad. Pero eran arrastrados río abajo, golpeándose contra las piedras y las ramas sumergidas, para acabar en sitios desconocidos y peligrosos, magullados y vencidos.

Nuestro maestro se sentó sobre una piedra, cerró los ojos y dijo:

—Ve, es tu turno. Antes de lanzarte al agua piensa en cuál es tu objetivo.

El discípulo obedeció, se introdujo en la corriente del río y comenzó a nadar con fuerza corriente abajo, pero en dirección diagonal al cauce. A los pocos minutos le gritaba exultante, a su maestro, desde la otra orilla.

—¡Lo he conseguido, lo he conseguido!

Cuando volvieron a reunirse el maestro le requirió:

—Cuéntame lo que ha pasado, lo que has pensado y cuál era tu objetivo.

—Cuando vi el río me asusté mucho y aunque estoy bien preparado físicamente, no tiene sentido demostrarlo con alguien sordo y ciego. Por eso desistí de luchar contra la corriente. Lo más sencillo era dejarme llevar por las aguas, río abajo. Pero no conozco hacia dónde va, las aguas son muy turbias y no dejan ver los obstáculos que pueden golpearme.

—Y entonces ¿cuál fue tu objetivo?

—Cruzarlo. No podía hacerlo corriente arriba porque me hubiese agotado antes de llegar. Entonces me fijé un punto en la orilla opuesta y nadé en diagonal, corriente abajo. Aproveché la fuerza del río para llegar a mi objetivo.

—Hijo mío, ya estás preparado. No puedo enseñarte nada más…

El sistema es lo que es. Por acción u omisión la misma sociedad lo ha hecho así. Si las personas cambian, cambiará el sistema. Mientras tanto usted puede luchar contra él, dejarse llevar por él o intentar aprovechar su fuerza para conseguir sus objetivos.

El problema más grave suele ser que en medio del río se escuchan cantos de sirena. La tentación de dejarse llevar por la corriente es grande y cada tanto nos ponen ejemplos de grandes triunfadores que han salido de la nada, sin esfuerzo, nadando a favor del sistema. Incluso los que nadan en contra acaban dejándose engatusar por promesas de bonanza.

Voy a ponerle un ejemplo muy actual. No me pida el nombre de la empresa, pero desde ya le digo que vale en el mercado unos diez mil millones de euros.

Los dueños originales eran chicos muy jóvenes y la idea de la empresa surgió por necesidad. No diré más. Durante varios años hicieron lo imposible por sacarla adelante, pero con poco éxito. No tenían el capital necesario. Estaban en medio del río. De golpe los inversores se interesaron en el proyecto y la empresa subió como la espuma. ¡Éxito total! Es que los chicos, sin pensarlo habían creado la zanahoria perfecta para millones de burros: «La confraternidad.»

Vamos a la otra cara de la moneda. Esta empresa al día de hoy, realiza contratos precarios para sus jóvenes trabajadores súper cualificados, los explota y exprime bajo el maquillaje de empresa moderna, joven y actual. Y luego los desecha en el cubo de la basura.

¿Era esa la idea original de sus creadores?

Yo creo que no. Al menos por empatía.

¿Qué sucedió? Que el sistema quiere cobrar su inversión más unos suculentos intereses. Y puede que sus fundadores sigan al frente de la empresa. Puede que incluso se hagan muy ricos. Pero ya no son los dueños reales. Ellos escucharon los cantos de sirena y ahora no son más que otros burros tirando del carro para conseguir su zanahoria.

«¡No se deje engañar por cantos de sirena!»

Mientras tenga los objetivos claros, aunque pueda cambiarlos si descubre que hay otros mejores, trabaje para llegar a ellos, aunque sea de manera sesgada. La ilusión por conseguirlos hará que utilice el estrés a su favor.

Y será muy difícil que entre en distrés.

Aunque los ejemplos que he puesto se refieran a personas jóvenes, que son los que más padecen el distrés… No hay edad para ponerse objetivos. No hay edad para tener ilusiones. A veces haber perdido el trabajo a una edad avanzada o tener uno distresante es el punto de partida para sentir otra vez mariposas en el estómago.

 Pero volvamos al estudio de la APA.

Según él, la causa del 63% del distrés es debida al dinero. O más bien dicho a la preocupación por la falta de él.

Permítame el señor usuario que haga una regresión a los orígenes de esos papeles y monedas, de dudosa higiene y pavorosa volatilidad que, nos producen tantos dolores de cabeza cuando no los tenemos.

¿Para qué?

Para saber cómo funcionan.

En la antigüedad se utilizaba el trueque como moneda. Es decir, te cambio una cabra por x fanales de trigo y así yo tendré carne, leche y cuero y tú pan. Con el trueque se comercializaban los excedentes de producción y se hizo cada vez más importante a medida que la economía fue especializándose. Pero era incómodo. Puede que yo ofreciera pescado y me quisieran pagar con cueros, cacharros y herramientas de labranza que yo no necesitaba en absoluto. Y debiera aceptarlos para luego ir a otro mercado donde pudiese cambiar lo conseguido por lo que realmente quería. Sin contar con que debía acarrear un enorme peso y volumen. Por ello comenzaron a usarse minerales y metales como medio de pago. La sal por ejemplo fue una moneda muy utilizada, las conchas marinas, el oro, la plata, el cobre… Todos tenían la ventaja de poderse dividir fácilmente para realizar pequeños pagos, eran fáciles de transportar y tenían un valor reconocible y medianamente estable. Al final triunfaron los metales. Pero había un problema. Siempre existieron los corruptos y aprovechados. Los metales pueden fundirse agregando otros de menor valor y luego hacerlos pasar como puros. Los encargados de fundirlos y verificar que un metal fuese lo que se decía, eran los orfebres. Con el tiempo, éstos comenzaron a colocarle al metal un sello que identificaba al fundidor, el peso del metal y su pureza. De esa manera protegían su cuello de acusaciones de hurto y se hacían publicidad para que otros comerciantes acudieran a ellos con su metal. Pero el problema mayor se presentaba en las calles o en los largos viajes, debido a los robos. Por ello, los orfebres, en lugar de darles el metal a los comerciantes, les extendían un certificado sobre la propiedad del metal y se quedaban con él en custodia. Este certificado servía para hacer transacciones seguras sin mover el dinero. Y así nacieron los billetes.

Por otra parte, las autoridades intentaron evitar el fraude «acuñando» pequeños trozos de oro, plata o cobre y colocándoles un sello con su peso y origen. De esta manera se inventaron las monedas.

Los orfebres, por su parte, debieron contratar guardias, acorazar cámaras y blindar entradas porque, al tener tanto dinero en custodia, eran un objetivo seguro de los ladrones. Así nacieron los bancos.

Al popularizarse los mercados y extenderse la confianza entre los comerciantes más habituales, estos comenzaron a extender una carta por la cual ordenaban al «banco» que transfiriese la cantidad de dinero de lo que habían comprado, a la cuenta del vendedor, o que le entregara el metálico. Y así surgieron los cheques o talones.

Hoy en día vivimos bajo un régimen monetario de curso legal. ¿Qué será eso?

Pues ni más ni menos que el apoderamiento del estado sobre la emisión de dinero. Es decir que, en un país, todos sus habitantes están obligados a pagar y cobrar en una moneda que fabrica un Banco Central que le pertenece. Eso le asegura al gobierno, el poder acceder al crédito, es decir al préstamo de dinero, en condiciones privilegiadas.

En un principio, en todos los países y, hasta 1971 en Estados Unidos, la moneda y los billetes estaban respaldados por una reserva de oro. Es decir, al igual que los orfebres con sus certificados, cada billete que circulaba en el mercado podía ser «cambiado» por su equivalente en oro. Pero ya no. Ahora el dinero es fiduciario…  Lo que quiere decir ni más ni menos que su valor depende exclusivamente de la confianza de los usuarios. Y así se inventó la inflación.

Hay básicamente tres tipos de sistemas económicos utilizados hoy día:

Economía planificada: El estado dice qué, cómo y cuánto se debe producir.

Economía de mercado: La producción, el intercambio de bienes y sus precios dependen de la libre competencia.

Economía mixta: El Estado interviene en ciertos aspectos con el fin de evitar las consecuencias negativas que los mercados puedan generar, como la inflación y el desempleo y garantizar unas prestaciones sociales básicas a sus ciudadanos. Este sistema es el utilizado en la mayor parte de países.

¿Qué quiere decir esto?

Que un Estado puede emitir moneda para «tapar» los efectos de una crisis y evitar la quiebra del sistema bancario. Es el caso de la Reserva Federal de Estados Unidos cuando explotó la «burbuja inmobiliaria» en 2007. Compraron con dinero «fabricado» los activos «basura» de sus bancos.

Es decir que el valor del dinero depende exclusivamente de la fe que tengan sus usuarios y no de aquel valor inalterable, constante y persistente por el que fue creado. Si en algún momento, las personas comenzasen a dudar del valor del dólar, y hay numerosos motivos para ello, la economía global padecería un quebranto de consecuencias impensables. Y eso, debe ser evitado a toda costa… De allí el gran despliegue americano y su esfuerzo por mantenerse como primera potencia mundial.

Desde la crisis del año 1930, llamada la Gran Depresión, muchas personas, empresas y municipios, comenzaron a dudar del valor y uso del dinero. Esto dio origen a monedas alternativas, tanto para promocionar el comercio local, para fines sociales o como protección a los tejes y manejes de las grandes multinacionales. También, por qué no decirlo hay algunas que se han utilizado con fines delictivos por no ser rastreables. Sin embargo, este uso está vastamente aceptado con las monedas «oficiales,» porque el dinero ha dejado de tener valor ético. Desde el mismo momento en que se puede hacer una transferencia entre cuentas sin un comprobante de lo que se ha comprado o contratado… El valor ético ha dejado de existir.

Es que hoy por hoy la existencia de dinero en todo el mundo ha aumentado trece veces en quince años. Si en el año 2000 había un circulante de 1000, ahora es de 13000. Puede sacar usted sus propias conclusiones sobre política de precios, sueldos y otras variables económicas.

Y el 90% del dinero que existe es inventado. No está físicamente en ninguna parte, solo son números en la memoria de un ordenador.

¿Cómo?

Lo que está leyendo. Y no crea que lo he descubierto yo, no soy tan inteligente.

Por cada euro, dólar o la moneda que sea que se deposita en un banco, éste está autorizado a disponer de noventa céntimos para prestar a otros.

¿O usted se pensaba que el dinero que usted ingresaba en su cuenta se quedaba allí esperando a que fuese a retirarlo?

Y quizás usted se preguntará: «¿Qué sucede si todos los clientes quieren sacar sus depósitos el mismo día?»

Que habría una «corrida bancaria», como sucedió en Grecia o en Argentina y un «corralito» que restringiría el derecho a retirar su dinero del banco.

¿Y me quedaría sin mi dinero?

En realidad, no. En general los Bancos Centrales garantizan los depósitos hasta un cierto importe. Y como en el caso de la Reserva Federal americana, imprimen más papelitos para que todos se calmen. Bueno, en el caso de Grecia tuvieron que «rescatarla» porque los países de la Unión Europea no pueden emitir moneda de manera individual. Es decir que el que imprimió los «papelitos» fue el Banco Central Europeo.

Como podrá concluir, si me he explicado bien.

EL DINERO NO TIENE MÁS VALOR QUE EL QUE LA GENTE QUIERA DARLE.

Siendo algo más objetivo: «El dinero tiene el valor de lo que yo puedo comprar con él.»

Voy a contarle una anécdota:

Hace muchos años fui de vacaciones a Brasil con mi familia. Llevábamos una X cantidad de dólares y habíamos acordado que cuando se acabaran, nos volveríamos. Como Brasil padecía en aquella época una inestabilidad económica muy grande, íbamos cambiando los dólares por Reales a medida que lo íbamos necesitando. Después de estar unos días en Garopaba, en el estado de Santa Catarina, decidimos aventurarnos por la extensa costa y cuando llegara la noche, hospedarnos en el primer sitio que encontrásemos. Y descubrimos una playa espectacular, desierta, en la que había una pequeña posada. Creo que éramos los únicos huéspedes. Sin pensarlo mucho, nos quedamos allí. En cuanto bajamos el equipaje, dos chiquillos se ofrecieron a lavarnos el coche a cambio de lo que quisiéramos darles. Y se aplicaron mucho en la tarea, porque aquel vehículo estaba muy sucio. Cuando acabaron, decidí premiarlos con un billete de cinco dólares. Piense usted que por el año 2000, el salario mínimo de un trabajador en Brasil era de unos 70 dólares mensuales. Para mi sorpresa, los chavales no aceptaron los dólares y me pidieron si les podía dar Reales. Cuando les dije que no tenía, prefirieron haberme lavado el coche gratis. En la posada tampoco quisieron aceptar dólares y debí ir al pueblo más cercano a cambiar. Lo más extraño fue que en aquel momento, en Brasil, el dólar subía constantemente y con solo guardarse «mis» dólares durante unos días, no ganaban, pero mantenían el valor de lo que podían comprar, ya que su moneda se devaluaba constantemente.

La conclusión a la que llegué fue, que aquella gente sabía lo que podía comprar con Reales. Lo que yo les ofrecía no era traducible en arroz, aceite o zapatillas.

Por ello nada es barato o caro, sino que depende de la disponibilidad de cada uno. Y para los burros, el sistema tiene unas zanahorias de última moda, a un precio razonable por el status y la felicidad que pueden llegar a ofrecerle. Y si usted no tiene el dinero suficiente para comprarlas, puede pagarlas con su tarjeta de crédito en cómodas cuotas mensuales.

Es más, si la zanahoria que usted persigue es demasiado cara para su tarjeta, como un coche o una casa, están los préstamos personales y los hipotecarios.

Por ejemplo:

A usted le meten por los ojos un coche de alta gama con un sinfín de prestaciones. Es su gran oportunidad para obtener la aprobación y el respeto, o la admiración de todos. ¡Y además es una oferta limitada con una cuota mensual que hoy usted puede pagar!

¿Va a resistirse?

Son siete años de cuotas… O como ellos lo dicen: tan solo ochenta y cuatro mensualidades. Pero le damos el primer año de seguro gratis y garantía durante cinco años.

¡Pss! Un chollo.

Eso sí, lea la letra pequeña y verá que la garantía por cinco años es para la carrocería. Y no se le ocurra ejercerla porque le dirán que la pintura se ha saltado debido a los granos de arena proyectados por los camiones, en la carretera.

Ahora bien. Usted paga durante ochenta y cuatro meses una cuota de un vehículo como si lo acabara de estrenar, pero a los siete años su coche está para el desguace. Es decir, ha tirado a la basura siete años de cuotas y cuando acaba de pagarlo, debe comenzar de nuevo.

No quiero estresarlo más, pero lo peor es que en cuanto usted deja el concesionario, con su vehículo flamante, nuevecito… Ya ha perdido el veinte por ciento de lo que usted pagará durante siete años… Y usted no sabe si dentro de ese tiempo usted conservará su empleo, si estará mejor o… si ya no podrá conducir.

¿Muy pesimista?

Realista, más bien.

Si vamos al ejemplo de la casa, todavía puede ser peor. Usted se enfrenta a trescientos sesenta meses de pagos mensuales. ¡Treinta años!

Cuando usted acabe de pagar la hipoteca, si es que la acaba, sus hijos se habrán ido, la casa habrá necesitado reformas y mantenimiento… Y usted no habrá podido aflojar ni un segundo, jamás tomarse un respiro, porque si no puede pagar la hipoteca, perderá la casa de sus sueños, perderá todo lo que ha pagado por ella y, además, dependiendo de dónde viva, le tocará seguir pagando.

¿Entonces es mejor tirar el dinero en un alquiler?

No.

Lo mejor sería tener el dinero para comprar una casa y un coche, y un velero y…

Pero que el dinero sea nuestro y lo gastemos como nos diese la gana.

¿Recuerda el cuento del discípulo que cruzó el río?

Póngase un objetivo y vaya a por él. Porque si se deja llevar por las «ventajas» del sistema, puede que acabe en un sitio que no quiera y debiendo dinero de por vida. Un dinero que no existe y cuyo valor es tan relativo como la fe.

Recuerde que:

«No es rico quién más tiene, sino quien menos necesita.»

El dinero lo distresará si usted necesita o cree que necesita más de lo que tiene.

Por eso, yo recomiendo la receta de doña Elvira.

¿De doña Elvira? ¿Quién es? ¿Una economista famosa?

No sé si famosa, pero muy conocida. Al punto que puede ser su abuela o la mía.

Doña Elvira tenía varios hijos que alimentar y el magro salario de su marido como único ingreso. Por tanto, debía administrarse muy bien.

¿Qué hacía? Pues dividía el salario en pequeñas partes y destinaba cada una a un cometido. Ni más ni menos que lo que en teoría hacen ahora los gobiernos con sus presupuestos.

El problema es que siempre había algún imprevisto y con una economía tan ajustada, el presupuesto se iba al garete. Entonces doña Elvira se instalaba en su cocina y abría las puertas de todas las alacenas. Y hacía un inventario de todas las vituallas que le quedaban. A partir de allí programaba comidas con lo que había para ver si podía llegar hasta que su marido volviera a cobrar la paga.

Ella sabía que podía pedir fiado al carnicero, al panadero y a la verdulería de la esquina. La conocían de toda la vida. Pero también sabía que tarde o temprano debería pagar y el sueldo de su esposo cada vez alcanzaría menos.

Lleve la receta a su propia vida. Si usted gana 1000, no puede gastar 1500. O sí que puede, pero no debería. Es cierto que la tarjeta le financia y le da la facilidad de pagar mínimos mensuales, pero con unos intereses que los usureros se pondrían pálidos. Y cuando quiera darse cuenta la deuda será más grande que su sueldo y estará tan distresado que querrá tirarse por el balcón.

Es cierto que hay urgencias e imponderables. En esos casos no hay nada que decir, pero las vacaciones en el mar no son urgentes si usted las toma como el simple descanso anual que le corresponde. Comprarse el bolso de marca o la última versión de IPad, tampoco lo son. Ahora, si a usted le sobra el dinero, puede hacer lo que le dé la gana con él. Eso sí, haga caso de las personas muy ricas: De lo que gane, pague los gastos que tenga y del sobrante guarde un 30% como ahorro, otro 30% empléelo en gratificaciones físicas o morales y en darse los gustos y el 40% restante inviértalo en algo que haga que ese dinero trabaje por usted.

Y esto es precisamente lo que prácticamente nadie hace. Aunque le sobre el dinero.

Si usted quiere montar una empresa —perdón, una startup— y pedir un préstamo, asegúrese que el negocio le permitirá amortizar el dinero pedido en aproximadamente la mitad del tiempo que le han concedido, aunque usted siga pagando las cuotas hasta el final. Si no es así, no lo pida. Puede perder su inversión, su negocio y hasta su casa.

¿Qué va a recurrir a inversores?

Allá usted. Hay ilusos para todos los gustos.

¿Tan dramático es?

No es dramático, es práctico.  Veamos el caso del préstamo: Tras la inversión inicial, si su empresa crece, en cinco años necesitará ampliarla, cambiar equipos, aumentar personal, comprar vehículos… Si el crédito es a diez años y sus ganancias pagan gastos, reposición de mercaderías y le permiten vivir a usted y a su familia, pero nada más. ¿Con qué pagará usted la ampliación? ¿Con otro crédito? En cambio, si usted tiene el dinero de todo lo que debe en la mitad del tiempo, podrá seguir pagando su cuota y realizar la ampliación con fondos propios. Eso le permitirá ganar más y sanear la economía.

Si usted recurre a la inversión privada o a fondos de inversión para empresas de riesgo. ¿quién cree que vendrá a financiarlo? ¿El buen samaritano? Si alguien asume un riego es porque quiere ganar más de lo habitual…

En definitiva, la sociedad es lo que es…

El sistema nos endulza los oídos con cantos de sirena y nos tritura sin piedad, pero usted tiene una vida que es independiente de la sociedad y del sistema. Y hasta donde yo sé, es la única. Por más que nos torpedeen todo el día con información, por más que nos pongan zanahorias sabrosísimas delante del carro… Somos nosotros los que elegimos ir tras ellas o seguir nuestro propio objetivo. Por eso, somos nosotros los que elegimos el eustrés de nuestros proyectos o el distrés de correr tras el dinero que no existe.

Para acabar con el estudio de la APA, el 56% del estrés correspondía a las relaciones personales.

No me extraña en lo más mínimo. Imagínese usted pagando una hipoteca, la cuota del coche, presionado en el trabajo… Y además con el lastre de la tarjeta de crédito que usó para sus vacaciones del año anterior… y una nueva lavadora, los materiales escolares de sus hijos, el dentista, el seguro privado de salud. Y más ropa porque los chicos crecen deprisa…

Es suficiente un estornudo de su cónyuge o un berrinche de su hijo para que usted estalle como un globo demasiado inflado. Y ni se le ocurra encender el televisor para intentar relajarse porque los noticieros le amargarán la vida, la publicidad le ofrecerá la fuente de la eterna juventud, un coche superior al suyo con una cuota más baja que la que paga, o le explicarán la repentina notoriedad y riqueza de un creador de aplicaciones para móviles con las que usted puede comprar aspirinas o condones, sin moverse de su casa.

Ahora que lo pienso un poco mejor… Es probable, que al sistema que hemos creado, le interese que usted viva distresado. Tiene su lógica.

Cuando usted está dentro del bucle compra compulsivamente. Se come más chocolate, hay necesidad urgente de irse de vacaciones, la casa en la que vive ya no se soporta, el coche ha quedado pequeño…

Podemos continuar hasta la saciedad.

De otra manera… ¿Quién iba a necesitar tanto dinero como circula por el mundo?  


[1] Millenials o generación Y: Personas comprendidas entre los 18 y los 33 años.

[2] Attaché: Maletín cuadrado utilizado por ejecutivos y profesionales.

Leave Comment