2020. Todo sucede por alguna razón…

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Aunque no sepamos cuál es.

Ya el 2019 había sido un año, digamos… particular. Una especie de torbellino en el que descubres cosas horribles, te ilusionas con nuevos proyectos que luego te decepcionan y parece que llegas a la playa después de vivir como náufrago un tiempo casi eterno. Entonces te sacudes, vuelves a tomar impulso y apuntas tus propósitos para el nuevo ciclo que empieza.

Y llegó el 2020, bisiesto y siniestro a decir de los supersticiosos. Sin duda hay muchas calamidades que ocurrieron en años que tienen 29 de febrero, aunque seguramente no son más que las acaecidas en años normales. En este caso, creo que nadie podía imaginar lo que sucedería. También pienso que no ha hecho más que dejar con el «culo al aire» a las precariedades de nuestra civilización. Sin embargo, éste es el balance de Ricardo Lampugnani como escritor y no voy a extenderme en el tema social.

Confieso que he pasado miedo, tristeza, indignación, vergüenza ajena y otros sentimientos a los que no puedo poner nombre, salvo a uno: la «impotencia». La mente humana solo puede hacer tres cosas: «luchar», «huir» y «colapsar». Creo que la mía ha hecho las tres al mismo tiempo. Hasta que decidí que lo único que valía la pena hacer era continuar con mi vida mientras la tuviese. No fue fácil con las bombas informativas cayendo alrededor, pero hice lo mejor que pude con lo que tenía. Así nació «Alacrana», una novela que cuenta las peripecias de un inmigrante ilegal mexicano en Los Ángeles, California.

Cuando la acabé era impensable hacer una presentación presencial y el confinamiento había hecho de internet un mar de vídeos en directo. En esas condiciones lograr que algo destaque es todo un reto, que otras personas se involucren con tu obra, un desafío y conseguir audiencia, casi un imposible. Por eso no dejaré de agradecer a cuatro excelentes escritoras: Petra Rubalcava, Laura Andrade Yúdico, Lourdes Massimino y Estrella Vega, su implicación y dedicación en leer la novela y grabar en vídeo su experiencia y opinión. Aun así, tampoco hubiese logrado nada especial de no ser por mi hija Aneley y su empresa Ona Communication. A pesar de la distancia y sus ocupaciones ha hecho una tarea formidable para una presentación memorable.

Y de un año triste he pasado a la sensación de querer más. También hay que decirlo, el esfuerzo deja secuelas, máxime cuando navegamos contra viento y marea. Ahora, con las aguas más calmadas, aunque todavía en medio de la tempestad, comienzo a plantearme nuevos retos. Hay tres novelas en camino, una que quiero aggiornar y relanzar y otra lista para editar y publicar. También está el proyecto de un libro de cuentos cortos y otras actividades que podría llamar «menores».

2020 te vas. No voy a extrañarte, sé que…

«todo sucede por una razón, aunque no entendamos cuál es».

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